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30 septiembre 2012

La despedida

Porque aquí tienes el caso de un unicornio a punto de llanto: ante la abundancia del Edén, la desolación del destierro. Bajo esa vieja teoría del hechizo implícito en el nombre, aquello de soltar un puñado de letras y atar llamando las cosas y los seres, este unicornio gris sigue una pareja taciturna en el destierro. Maldice aquello llamado lealtad, todavía con significado entre vergeles, manantiales y árboles de la ciencia. Pero ahora la promesa de fidelidad es una maldición sobre las arenas y bajo el sol, sumergidos en este olor agreste llamado pecado.

Adán nombró primero al unicornio con un fin que tuvo un término. Y ya llegará el tiempo de doncellas puras que lo sometan. Pero en el exilio la nobleza es sólo un puré de manzanas, podrido y morboso, tomando la forma del fastidio y el hambre. Y ya llegará el tiempo en que hablen de un cuerno milagroso, de la realeza de su porte. Pero aquí, en el exilio, siguiendo a Eva que sigue a Adán, una lanza es suficiente para atravesar dos cuerpos.






24 agosto 2012

Merolico

Usaba un nombre falso, porque el que tenía no resultaba apropiado para los milagros. Llegaba a cada pueblo en ayunas, y se instalaba en la plaza pública mientras las madres arreaban niños a la escuela. Luego se sentaba y veía pasar el pueblo frente a su plaza, es decir, frente a los ojos. Anotaba en una libreta un detalle nimio, un gesto, un ritmo cualquiera. También cierta expectativa en la mirada de las solteras, las ansias de concesión de los no casados, acaso algunas veces el registro de dos o tres anhelos que olisqueaba en el viento. En el detalle está el destino, decía con cierto fastidio, acostumbrado a interpretar el deseo.
     Solía llegar a cada pueblo los miércoles. Entonces es domingo y se trepa a un banco de colores para pregonar sobre el devenir, la mecánica cuántica y cuánto se conecta y cuánto se decanta. Luego y enseguida la gente lo rodea, convencida por sus palabras y su nombre. Saca su libreta y habla de posibilidades: tú con tal, ella con éste, aquello contigo, ése en fulana. 
    Porque sólo bastaba la posibilidad de la relación leída en los detalles de una libreta para que se soltara una epidemia de matrimonios en cada pueblo. En la combinatoria descansa el destino, siempre el mismo, inevitable. Y me casé por soledad, claro está, pero también porque algo debió haber visto de mí en ti y de ti en mí, allá y entonces, que nos alcanza ahora y aquí: destinados, completos, felices, viejitos.







09 agosto 2012

De lo invisible

Qué te parece si hablamos de este gran elefante blanco que acampa en la sala. Te propongo que lo conversemos libremente, charlemos sus líneas y le demos un cuerpo de palabras más palabras menos. Veamos poco a poco cómo la incomodidad del tema se vuelve hueso y carne, trompa y colmillos. Hablemos por fin de este paquidermo pálido y, cuando esté pleno  frente a mis ojos, ojalá te aplaste sin menoscabo. 






24 noviembre 2010

Parábola de la pera en el mercado

Como por arte de magia, porque no se daban los perales en la comarca, un ganadero entusiasta cosechó una jugosa y única pera en la temporada. La llevó al mercado, la presumió sobre un almohadón fino y pidió un precio alto por ella. De lejos magnífica, los comerciantes notaron de cerca que tenía algunas estrías y excrecencias, acaso un verde un tanto desganado. Sin embargo pujaron por ella, porque no era costumbre, les cuento, que se encontraran con este tipo de frutos en el mercado. Pero el ganador pronto supo que no sabía a pera, tampoco a manzana, tal vez sólo un poquito a tamarindo.