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03 marzo 2013

El retorno


Guillo entra a su casa con prisa para que no lo vea su madre.

Corre a su cuarto y se mira ante el espejo: jadea un poco: desaliñado y sudoroso. Se quita los zapatos con calma, la camisa con cierta cadencia, el pantalón lentamente. La ropa interior ha quedado en algún lado.

Respira como saboreando y jalando el recuerdo: alienado, pero también pleno, como cuando completas algo en ti que sabías que te hacía falta.

Guillo se mete en la cama sin bañarse, recordando dónde ha estado el resto de la tarde.Y duerme perfecto. 

Pero antes sonríe y cae en cuenta: hoy es la primera vez que ha hecho lodo.

22 febrero 2013

Sesiones

Aunque las apariencias engañan, en ocasiones lo que se ve resulta por completo cierto. Esta confesión no tiene relación alguna con el cinismo. 
     Mira que sería absurdo negarlo cuando dos policías, seis pacientes, una secretaria y mi esposa me han encontrado sobre el cadáver, una lámpara en mano, mi cara sonriente y el cráneo partido de mi doctor frente a mis ojos.
   Advierto que mi actuación aparentemente vil es un asunto de memoria y no de plena conciencia. No es que me debiera nada, pero la culpa de este crimen debe relacionarse más con el oficio del finado -toda profesión tiene sus riesgos- que a la violencia desenterrada durante una sesión de psicoanálisis. 
     Luego, el verdadero asesino es un niño de cuatro años. 






19 febrero 2013

Torpeza

La tipa venía seguramente a su encuentro porque la reciprocidad era innegable en el rostro de ambos. Vi la escena desde la mesa de un café cruzando la calle y les auguré una exacta pertenencia futura. No pude dejar de sentir un dejo de envidia.

Conocía el tipo a la espera. Sabía que acostumbraba adelantar mundos: conjeturé que mientras ella llegaba el hombre imaginó un arribo con suerte, el logro de una cita, seis encuentros, un noviazgo, tantos meses, una boda y un bautizo, cuatro niños, buenos días, una cama bien empleada, una mesa bien servida, muchos años.

Pero ella pasó de largo mientras su torpe y mal augurado servidor -falso sustantivo, nunca lo fue- continuaba imaginando el resto de la historia.

La mujer entró en el café de enfrente: me dio su mejor beso de casada. Opté por no hacer comentario alguno: la inseguridad de nuestro matrimonio es asunto mío. 

Más allá, el tipo a la espera continúa imaginando trazos de mi vida. 







03 octubre 2008

Días de octubre

Como era costumbre durante los octubres, el Sr. Rivas se levantó enfermo de desmemoria. De nuevo lanzó maldiciones sin destinatarios, porque no recordaba a ciencia cierta los suficientes enojos para mentar las madres necesarias. No se trataba de la gripa típica de los eneros, tampoco de las sofocaciones de los junios, menos del romanticismo diabético que lo solía desolar durante los abriles –a veces hasta los mayos. Era de nuevo la predecible desmemoria, los febriles ratos de ansiedades por la sensación de algo y alguien en un algún lugar volátil y difuso.
     Ni el té de ruda le funcionaba por estos días.
     El Sr. Rivas sólo salió de casa lo más rápido que pudo. Había aprendido a no dejarse llevar por la zozobra de la enfermedad: confiaría en su libro de notas, en las fechas límite cumplidas antes de octubre, en la intuición de que ese algo y ese alguien y ese algún sitio no le reservaban ningún pendiente. Sólo que esta vez caminó y enrumbó y de pronto entendió. Se dejó llevar por algo más que la certeza. Caminó y comprendió que la desmemoria no era del todo una pérdida, que también existen otros remedios que sólo un té muy caliente de ruda. En el camino se dejó saber: llegó para abrazar el algo, el algún y el alguien vueltos uno. Lo supo entonces y confío por entero, aun si lo olvidara tras las horas y lo volviese a hacer presente cuando saliera de nuevo sin rumbo fijo. La desmemoria no se cura, lo sabía, pero el tiempo es un bucle y el cuerpo recuerda. Recuerda, cuerpo.