22 septiembre 2006

Las varias muertes

Todo va hacia delante y hacia fuera, nada sucumbe
y morir es diferente de lo que algunos suponen,
y más afortunado.

Walt Whitman

Salvo el orgasmo, esa petite mort que es un destello de gozo y trascendencia fragmentada, esa breve agonía que nos matamos por reiterar y presumirnos, la mayoría de las muertes son por lo común más definitivas, persistentes: muertes enteras.
Hay muertes predecibles, visionarias, como cuando dices que no pasarás de los treinta y lo cumples, o cuando sueñas tu final, huyes, y no importa cuánto te esfuerces en desviarte, el destino te lleva por un periplo que finaliza en lo soñado. Nada como el augurio del pesimista Vallejo: “Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo”. Las muertes predecibles deben tomarse con calma, darse completos, optimistas: nada como la oportunidad de disfrutar lo que va en medio a sabiendas de la fecha de llegada. Es la última borrachera del derruido Ben en Adiós a las Vegas: la última, me autodestruyo y nos vamos. Cuando se sabe la fecha de caducidad, y te conformas, se controlan ansiedades, no te andas con rodeos, vas por la vida respirando netas. Con lugar y día de término puedes ser cínico, sarcástico, prometer grandes cambios en tu persona, jurar que te casarás con la doncella caída para que luego asista desconsolada a un funeral que ya habías pagado.
Las muertes accidentales, en cambio, se aprecian por la sorpresa y el cambio súbito. Por lo regular, son las muertes inconformes, espacios para amenazar a los dioses y observar cómo se desdibujan los planes. Lo mejor de la muerte accidental es la ruptura de lo cotidiano: tú eras feliz hace ratito: ya no más: de pronto concluyes. De repente mueres, atropellado por un tranvía, como Roland Barthes, o te cae un rayo mascando un chicle, o se te atraviesa un orangután en la carretera a Compostela: súbito y ya.
Las llamadas muertes necias se precian por el aura de perplejidad que define la defunción o el aire de casi chiste negro que caracteriza el entierro. He leído de personas que se trepan a un avión, un autobús o un tren y perecen en el camino, tranquilas en su último viaje. ¿Cómo lo contarán a los amigos los familiares? Las muertes absurdas tienen la ventaja de que se recuerdan en las fiestas y se parodian con los años: el tipo cae por las escaleras por usar los tacones de la hermana; un hombre baja a un pozo a rescatar una gallina y muere por los gases tóxicos; en Kansas City y en abril de 1949, por despertarlo para que dejara de roncar, un marido somnoliento asesina a balazos a la que fue su esposa durante 35 años.
Las muertes necesarias, por otro lado, se dividen en tres categorías que se relacionan con distintos tipos de carga. José Nisisaki, de 62 años, corta su cuello y sus muñecas con unas tijeras y después, para confirmar su muerte, salta por la ventana de un quinto piso: tanta insistencia debe suponer demasiado fastidio o excesivas culpas. El suicidio es una muerte necesaria cuando la voluntad se gasta y sólo quedan algunos gramos de valentía para colgarse, cortarse, atragantarse, liberarse. Como en unos versos de Rafael Alberti, “Hace falta querer ya en vida ser pasado, / obstáculo sangriento, / cosa muerta, / seco olvido”. Séneca definía el suicidio como la libertad absoluta: el término de la carne por decisión propia. Para las instituciones y los deudos puede parecer una cobardía, pero para el suicida es su imprescindible recurso liberador de nota roja. Yo me daré un tiro cuando el desgano cotidiano me venza, cuando el bostezo me distorsione el ánimo. Como lo defendería Alejandra Pizarnik, “Partir / deshacerme de las miradas / piedras opresoras / que duermen en la garganta. He de partir /no más inercia bajo el sol / no más sangre anonadada / no más fila para morir”.
La segunda muerte necesaria es la regulatoria: somos tantos. Las guerras y las epidemias son los glóbulos blancos de un planeta de cucarachas.
La tercera necesaria guarda relación con el sentido común: lastres de familia, trabas de pareja: hijos que pasados los cuarenta sangran a los padres, conyuges que amoratan durante cuarenta aniversarios: hay personas que mejor que estén muertas: bienvenido el duelo. Con frecuencia, después del entierro, la víctima de años retorna al hogar, recorre la casa y descubre la ausencia de miedos: sonríe: descanse en paz, descansa en paz.
Ciertas muertes son necesarias porque liberan, más allá del pesar y lo políticamente correcto: desatan. Tras el luto el deudo se descubre vacío: invirtió tanto tiempo. Las Titas se liberan: pueden ahora buscar marido, destetar chamacos. Durante años, el abuelo senil, el cuadrapléjico y el comatoso se pelearon el drama protagónico de continuar como carga o reiniciar como recuerdo. Ya no más inmemorias, ya no más cambios de pañales, ya no más sondas, ya no más llagas. Como escribe Brendan Behan en Confesiones de un rebelde irlandés, “Puede que el hecho de estar muriéndose no sea muy alentador pero, una vez muerto, el hombre se torna invencible. Nunca más lo pueden atemorizar”.
Hay un tipo de muerte más sutil, imperceptible: la protagonizan los que, reciclando a Behan, sólo existen por razones de espacio. Son los descomprometidos que languidecen, los que existen sin darse cuenta y deambulan, no pasean. Algunos son cobardes cotidianos y no se comen el mundo: palidecen y se quedan quietos. Otros le encontraron el gusto a ser espectadores y la vida es una pantalla que no les es propia. Son los que idolatran e invierten todo su tiempo, obsesos, en seguir los pormenores de un famoso. Aquel que desea una vida que sus carnes y pulsiones no podrán jamás darle. Ese que sueña con una vida perfecta y ensoñado se le pasa el tiempo. Este que odia tanto que se paraliza en bilis. Una vida desperdiciada es en vida la peor muerte.
Aunque aún necesito precisarlo, valorarlo, con seguridad he muerto tres o cuatro veces durante el pasado. Como mínimo. En ciertos momentos, años atrás, algo se ha quebrado, desmembrado, he participado de mis entierros y novenarios. Morir en vida en ocasiones es un privilegio. Participas de tu muerte simbólica.
Cierta tarde definitivamente pierdes. Una crisis del ánimo, una nueva ausencia, una agonía amorosa: por algo se empieza. Bertolt Brecht escribió en un poema que el que ríe todavía no ha recibido la noticia atroz. De pronto llega y te deshaces. “El aire te quema el ser” anotó Alejandra Pizarnik. Alguien te mintió lo suficiente, algo te golpeó lo suficiente: perplejo caes: pierdes y te entierras: muere tu ánimo. Como en una estrofa de Rilke,

No ser lo que se era / en la infinita angustia de esas manos; / tener que desprenderse hasta el propio nombre, como quien lanza, / lejos de sí, un juguete roto. / Extraño es no volver a desear / los deseos. Extraño es ver, deshecho, / disperso en el espacio todo aquello que estuvo unido. / Y es penoso estar muerto, / y muy arduo recobrar, poco a poco, / un asomo de eternidad.

Momentos antes de tu muerte pataleas, vociferas, lamentas la confianza traicionada, dimensionas el tamaño del fracaso, la caída. Pizarnik te diría que es el desastre, “es la hora del vacío no vacío / es el instante de poner cerrojo a los labios / oír a los condenados gritar / contemplar a cada uno de mis nombres /ahorcados en la nada”. Inmediatamente después te calmas: has muerto. Tan humillado, la vejación tan mayúscula, la pérdida sin proporciones, la entereza tan arruinada, ¿por qué no aceptar el pantano? No nades: húndete.
Por supuesto que puedes fingir recuperaciones prontas, ánimos épicos, disfrazarte con salud, pero negar palabras, según Benedetti, es abrir distancias. También puedes huir, comenzar en otro sitio, recrear: Al arruinar tu vida en esta parte de la tierra, escribió Kavafis, la has destrozado en todo el universo. Nunca escapas realmente. No nades: húndete, toca fondo: muere en vida.
Luego, en algún momento tienes que flotar. Algo te infla: el hambre, el sentido común, la autoestima, el hedor del muerto. Tus bríos y casta se ponen a prueba. En “Viento frío”, de H. P. Lovecraft, uno de mis cuentos favoritos, es el tesón y ciertos mecanismos de refrigeración los que mantienen en movimiento y existente al protagonista. Ha muerto desde hace meses, pero su voluntad lo niega, rechaza el olvido. Sólo cuando la refrigeración falla se quiebra el arrojo, se vuelve una masa viscosa y putrefacta en minutos. Este cuento ha sido uno de mis puntos de resiliencia desde la infancia: desapareces si lo decides.
Con las muertes simbólicas aceptas, como lo leí en una historieta de mutantes, que el alma es aquello que te jala en toda dirección y al mismo tiempo te mantiene unido. Desgajado recomienzas, pero no eres el único. El pelícano y el fénix han sido por cientos de años emblemas de la resurrección, símbolos de la esperanza. El primero se desgarra el pecho y da vida a sus polluelos muertos; el segundo entra en las llamas del nido y renace a los tres días entre las cenizas. El pelícano avala la continuación de la vida después de un baño de sangre; el fénix, la renovación del alma después de la hoguera. Sobre decir que ambos animales mitológicos son símbolos de Cristo.
En la mitología europea, Atis y Adonis son hombres que han muerto por capricho de los dioses, pero que se veneran relacionados con los ciclos de la naturaleza, con los tiempos aciagos y las temporadas de fertilidad. En el antiguo Egipto, Osiris es traicionado por su hermano, desmembrado y sus partes arrojadas en direcciones distantes. Su esposa-hermana Isis reconforma el cuerpo y Osiris resucita. Para los devotos, este dios representa aquello que renace, símbolo de la regeneración y la fertilidad.
Pero sólo hay fortuna, fecundidad, cuando mueres y aprendes en el proceso. “Ustedes —escribió Walt Whitman— que emergen de la corriente / en la que nosotros nos hemos hundido, / piensen, / cuando hablen de nuestras debilidades, / también en el tiempo sombrío /al que han escapado”. Necesitas comprender tu muerte como una bizarra búsqueda de equilibrio, donde el karma define el ajuste de los efectos de las causas durante tu existencia. Somos una matriz de temperamento y carne que debe probarse a través de distintas historias: repetido pero distinto, puedes reencarnar varias veces durante esta vida. Necesitas entender que este ajuste de cuentas también, aparte el placer, puede llegar a través del dolor. El problema es que caigas en un reduccionismo nietzscheano y declamar ingenuo que lo que no te mata te fortalece. Sin lección asimilada, la máxima es ingenua ilusión. En el poema “Desde los afectos”, Benedetti escribió que la forma no se pierde con abrirnos y que herirse no es necesariamente desangrarse. Necesitas renacer frutalecido, anima(liza)do, neonato fértil: incivilizado. Sólo hay muerte simbólica si caes en cuenta de ciertas verdades: aprende y caga, despréndete, suelta el cascajo. Después te creerás esta estrofa de Whitman: “Nunca ha habido otro comienzo que éste de ahora, / ni más juventud ni vejez que éstas de ahora, / y nunca habrá más perfección que la de ahora, / ni más cielo ni infierno que los de ahora”. Entonces comenzarás a encontrarle el sabor a los posibles sepulcros que te restan. Siempre hay alguien que te falla. Siempre hay alguien que se despide.

Jurarás en vano

Lo que ocurre es que eres débil, obscenamente fatuo. En este tiempo de caprichos donde todo lo sueles ver transitorio, sabes que hasta una promesa tiene sus múltiples puntos de fuga. Por eso te es fácil mentirte, como para hacer tiempo, como para hacer vida válida sólo en tu cerebro. Pero no te mueves: deambulas.
Tal vez hace dos años comencé a dejar de mentirme. Ya no tiene caso. He pasado los treinta y las necedades de los veintes, por rigor del ánimo, se vuelven pretensiones risibles. No seré ni más delgado, ni más alto, ni más rollizo, ni más viajado, ni más rico, ni más listo, ni más amado. Me molesta conjugar lo que puede suceder o no. Cuántas horas perdidas en estas proyecciones. El futuro sólo es una referencia obscena porque se desnuda sin menoscabo ni vergüenzas: se encuera perfecto. Recién ayer alguien me hablaba de su cuadrado y monolítico proyecto de vida. No pude evitar tenerle algo de lástima: tantas desviaciones, tantos cambios de planes en puerta. No negociable, su frigidez vivencial sólo le ha traído irritabilidad presente, paranoia presente: para qué abrirse, abismarse, aventarse, destronar su ego: candoroso.
Quizás porque he sido de aquellos beneficiados con el patetismo, con las revolcadas en lodo, ahora soy mucho más cómplice con mis años venideros: les doy por completo el beneficio de la duda. Tampoco reclamo el caballo dado. Como diría García Terrés, “Han sido buenos estos años / mientras duraban / para quienes, al menos / tomábamos el tiempo con un grano de sal”. Nada ha resultado exactamente como pensaba en las ingenuas mocedades, pero en esas inexactitudes encontré los recuerdos indispensables. He aprendido más de las bifurcaciones de vida que de los diseños y administraciones que he planteado sobre mis horas. Decidí darme al ahora: concurrirme entero, fluirme irónico.
Hace años mi terapeuta me recriminaba el predominio de mi raciocinio sobre mis emociones, las barreras teóricas para filtrar posibles desencantos. Siguiendo sus consejos me quebré. Recio. Agudo. Me armé –qué pretensión, me armaron– desde los pedazos: se perdieron algunas piezas. Ahora racionalizo desde la melancolía de que todo se pierde o se resquebraja, sin desasosiego ni ansiedades. No intento la insípida higiene mental que me obliga a verme feliz frente los otros: paradójico, mi humor se ha depurado desde entonces. Superior al destino, el azar te (cor)rompe y es sabroso. La Tierra, escribió Tulio Mora, es un gramo de cocaína olvidado en un plato de plata. Te baja también cualquier borrachera. Para qué el escándalo.
Lo mejor de aceptar lo inevitable y lo impredecible es que aprendes a cohabitar con tus demonios. Sabes que periódicamente tienes que encausarlos, liberarlos. Dejas de sentir culpas por tus secretos (cuando los develas) o tus puterías (cuando las desatas): sólo eres desde la franqueza. Como en mi poema favorito de Kavafis: “Qué vanos remordimientos, qué innecesarios... / Mas no podía entonces comprenderlo […] Por ello mis enmiendas fueron inconstantes. / Mis resoluciones de continencia, de cambiar, / duraban dos semanas como máximo”.
Callar esa parte del ser te amarga el ánimo porque no la sueltas: mejor puta que emputecida: simple y lúbrico. Huyes de tus contaminaciones y te asfixias en tus secretos, tus frustraciones. Pero el hambre es canija. Y es mejor conciente tangible que desfiguro etílico y no me acuerdo. Las moscas muertas están más vivas que nunca. El problema es que los demonios asolan y en algún momento resquebrajan tu fachada, tus necedades de pureza. Y mejor antes de los treinta, antes de que te avalen como rabo verde. Tarde o temprano regresas al punto de huída. Como escribió Luis Cernuda en El elogio de la quimera, “Lo divino subsiste, / proteico y multiforme, / aunque mueran los dioses. / Por eso vive en mí este afán que no pasa, / aunque pasó mi forma, aunque ni sombra soy, / afán que se concreta en ver rendido al hombre / temeroso ante mí, ante mi tentador secreto indescifrable”. Lo que ocurre es que eres un presuntuoso generador de promesas de año nuevo, pero olvidas que la voluntad de cambiar sólo se aplica cuando dañas a los otros: qué daño puede hacerte el bajarte.
En 1986, cuando Frank Miller publicó la novela gráfica Dark Knight Returns, una versión decadente sobre un Batman avejentado, yo apenas libraba los quince. Siempre que me siento absurdo en una situación esnobista, o negando lo obvio, o participando de charadas sociales, viene una secuencia a mi memoria. Bruce Wayne, decepcionado y retirado, se resiste a soltar su contraparte, se niega liberar las necesidades del murciélago: jura en vano. A los necios puristas de la literatura no les gustará escuchar todo lo que le debo a una simple secuencia de una historieta en blanco y negro:

La hora ha llegado.
Lo sabes en el alma porque yo soy tu alma.
No puedes escapar de mí.
Eres débil, eres pequeño, no eres nada.
Una jaula oxidada que no puede contenerme.
Ardiendo, te quemo.
Al quemarte me vuelvo una llamarada caliente,
brillante, fiera y hermosa.
No puedes detenerme,
ni con vino, ni con promesas,
ni con el peso de la vejez.
No puedes detenerme, pero sigues tratando,
sigues huyendo.
Tratas de ahogar mi voz,
pero tu voz es débil.

Y aquí estás ahora, negándote.

Simulacro y decencia

Recientemente me han contado la historia de un amigo que, para socializar, acostumbra fabricarse exitosos noviazgos. No es que finja con insistencia una relación amorosa: la tiene de reserva para aquellas reuniones donde la invitación viene con una formalidad: estar levemente casado.
Dice Charles Wright Mills que las elites, cualesquiera que sean, tienden a vincularse para obtener beneficios mutuos , y en la vida cotidiana de los vecindarios, las celebraciones y las amistades este grupo de poder lo conforman los matrimonios. Conforme pasan los años, las promesas adolescentes de reunión perpetua malogran en una red social compleja donde los solteros comienzan a experimentar incomodidades. Aparecen las bodas, los bautizos, los ritos de compadrazgo, las piñatas. Hay una especie de complicidad diplomática en la condición de casado que excluye al soltero o lo presiona a formalizar sus relaciones. Porque el supuesto es de que se trata de un club con múltiples privilegios, entre ellos el de aparecer en la lista de las celebraciones especiales, de compartir entre familias. El soltero enrarece en su condición de inconsistente con su edad (pobre), de amigo incómodo que envejece sin hijos (pobre), de visitante que habla de las parrandas sin chamacos, de las juergas sin monotonía (pobre). El soltero está solo (malo). Por ello el juego sucio de este amigo de activar una pareja cada vez que lo invitan a cierto club selecto de los casados: se inventa una historia, pasa por estable, compadrea con fortuna.
Sumergidos en esta fachada de privilegiados cumpliendo el esquema de normalidad social, cierto grupos de parejas homoeróticas que conozco excluye de sus celebraciones a los quién-sabe-por-qué-no-han-podido. Ante su propio autoengaño, ellos han lograron un status que puede verse en peligro si llega algún soltero a quebrantar la estabilidad de las parejas. Porque en el grupo todos son fieles, aunque todos sabemos que les gustan los tríos y el lodo. Porque todas estas parejas son por entero estables, aunque abunden numerosas historias de sus cuernos y sus flagelaciones. Sé de una pareja que declara que no ha tenido relaciones por años y cada uno se satisface en diferentes entrepiernas: les gusta el disimulo y han conseguido una prodigiosa década de matrimonio sin tocar el tema. Pero es el soltero el de la poca moral, el insidioso, el disponible, el que busca arruinar su relación legítima. Exclusión por protección.
Cuando por fin decidió un viejo amigo terminar su relación tortuosa de varios años, cuando finalmente comenzó a negociar con el recuento de daños, pudo darse cuenta de que en realidad, más allá de mantener un departamento, hacía tiempo no contaba con una pareja. Fue el último en darse cuenta. Condiscípulo de esta generación de padres divorciados, este amigo solía representar el matrimonio (ya no más, por fortuna) como una condición para definir una estabilidad de vida. Para poder demostrar(se) que podía llevar una relación a largo plazo, permitió que la miopía lo resguardara: ahora sólo nos reímos de lo que consentimos a lo largo de esos años ingenuos. Aún lo hacemos.
En estos entornos de simulacros constantes, los más vinculados con la compostura y el adorno, la decencia imaginaria que parece aportar el matrimonio parecer ser una de las razones que explica numerosos enlaces nupciales. Confundimos amor con sexo y sexo con matrimonio y matrimonio con amor. Para algunos es difícil separarlos y se embarcan en quimeras donde el engreimiento de sus expectativas enceguece el diálogo y la honestidad primigenios en cada relación. Y tienes ahí a la recién casada virgen que en la noche de bodas se asquea sin remedio de la entrepierna del esposo. El ingenuo que afinca su propiedad sobre una mujer por el hecho de aplicarle helio a sus tacones. La ilusa que se despierta en un motel y comienza a diseñar en una servilleta el traje de novia. Tan asumido el esquema que piensas que la consecución del amor es el establecimiento de la relación formal o el trágico lamento de la pérdida.
Necesitas casarte porque es una salida. Es que no quiero que la gente hable. Es que el niño necesita un padre. Es que te puede dar su apellido. Es que nadie te va a respetar sin un hombre. Es que necesito quién me mantenga. Es que ahora soy una perfecta, legítima, venerada y apropiada mujer casada. Confunden estar casados con ser casados: la situación con la esencia. Piensan que el matrimonio, o debe cambiarlos para bien, o tendrá que cambiarlos para bien. La decencia, según el diccionario, está relacionada con el aseo, el recato, la honestidad, la modestia y la dignidad. También implica la calidad de la persona, pero eso parece un formulismo difícil de medir. De aquí la ingenuidad de que sólo los casados y heterosexuales pueden adoptar, obtener ciertos trabajos, conseguir determinados préstamos. Este prejuicio de estabilidad moral excluye al soltero que, por simple condición, puede volatizarse en cualquier momento, ceder a las tentaciones más rápido.
Luego vemos que no es así. Que los que más se autoengañan son los casados. Después despiertan y salen del closet, le abren la puerta al repartidor del agua, se entrepiernan con las alumnas, ya no se aguantan los hedores. El problema no es lo que hacen: es que no lo avisan. Aparece o se perfecciona el pleito, una regresión a la etapa infantil donde nos transformamos en niños que temen ser regañados. Por ello usamos las típicas salidas de las mocedades: nos escapamos, nos encerramos, nos escondemos, azotamos puertas, hacemos berrinches, contamos mentiras. Pasivo-agresivo: atacas veladamente, hostigas, celas, quieres hacerte presente, quieres darte a entender con guiños de malos tratos, omisiones, falsos olvidos, negligencias: pero no lo hablas. Al verbalizarlo lo expones y lo dominas y eso sería modificar drásticamente el triste esquema de tu relación.
La imagen estereotipada del matrimonio, toda su promesa de estabilidad y refugio, parece que ya no convence. El amor es un castigo, escribió Marguerite Yourcenar, somos castigados por no haber podido quedarnos solos. Algunos se aguantan por la dependencia, la costumbre, la creencia en una sola vida, la aceptación del humillante destino, incluso por amor. Los menos, los que respeto, lo hablan y negocian: más, un poco más, ya no más.
No niego que el discurso oficial, incluso honesto, de un buen número de matrimonios se vincule con la idea del amor. Es parte de las reglas del juego. Parece la consecuencia lógica de una serie de confluencias del esquema de la pasión amorosa occidental: el descubrimiento de la persona amada, generalmente una desconocida; la atracción física y espiritual; los obstáculos que se interponen; la búsqueda de la reciprocidad; el acto de elegir una persona entre las que nos rodean. En medio del encantamiento, los servicios y las pruebas de amor, el deseo de exclusividad, te ves como pretendiente, suplicante, finalmente aceptado. En medio de esta dinámica sueles casarte. La mayoría despierta del ensueño en algún momento.
No hay que olvidar que los primeros matrimonios eran más un asunto de negocio y alianzas que una consecuencia de la reciprocidad amorosa. Lo que significa el matrimonio es la regulación y ordenamiento de la condición social de una pareja, en el supuesto de que es una mejora social y un status ideal comunitario. Una manifestación de la voluntad de permanecer vinculados legal, emocional, racional y moralmente. Vocación de estadía, convivencia, cooperación, cruza existencial en un espacio arquitectónico que se transforma en unidad habitacional que se transforma en casa que se transforma en ese confort de descanso y refugio que solemos llamar hogar.
Estar casado es adoptar una condición privilegiada contractual que, como dice Mircea Eliade, tiene poco que ver con el problema de la libertad en sí. El matrimonio es un derecho conquistado socialmente, de todos los días, pero que ha volatizado la parte de un compromiso real. Me caso por la calentura, las ganas, la huida, el deseo de posesión, la conveniencia, la presión, la premura, el embarazo, la ilusión óptica. “Ser libre significa, antes que nada, ser responsable para con uno mismo […] participar en los derechos no compromete en nada, es una libertad exterior, automática, un permiso de libre circulación, en la vida civil y privada”. Nos han dado el matrimonio como opción y le hemos dado el matiz de simulacro social y argucia para circular entre los vecinos. Como afirma Simone de Beauvoir en El segundo sexo, “Lo que da valor a tales relaciones es la verdad que suponen”. Pero sólo se trata de un supuesto válido por un autoengaño y la promoción de sus ventajas como estado ideal. También puede interpretarse como una expresión simbólica de un conflicto psíquico (que extraño, así se define la neurosis). “Buscamos llenar el vacío de nuestra individualidad —anotó Lawrence Durrel—, y por un breve momento disfrutamos de la ilusión de estar completos. Pero es sólo una ilusión: el amor une y después divide”.
Once divorcios por cada cien matrimonios fue la comparativa del país durante el 2003. El índice de separaciones, al menos las legales y las visibles, ha aumentado desde 1999, cuando se presentaban siete divorcios por cada cien casorios. Tlaxcala y Oaxaca son los estados con menos solicitudes de disolución, contra Chihuahua y Distrito Federal, que se llevan las glorias de los dos primeros lugares. Los que más lo solicitan son parejas que llevan casadas diez años o más, seguidos de las que tiran la toalla entre el primer y el quinto año de haber firmado. Algo pasa con los que tienen seis y nueve años de matrimonio que los lleva al tercer lugar, tal vez algo de negación, algo de esperanza, ciertas terquedades de que pueden recuperar relaciones.
En cuanto a quién solicita el divorcio, suelen hacerlo ambos conyuges, pero acostumbran pedirlo más las mujeres que, por cierto, con mayor frecuencia se les resuelve a favor en la corte. Aunque la mayor parte de los divorcios suelen ser por mutuo consentimiento, las causales que le siguen son el abandono del hogar por causa injustificada, la separación por más de dos años sin importar el motivo, la separación del hogar conyugal por causa justificada, las amenazas y las injurias, la negativa a contribuir al mantenimiento del hogar, el maravilloso eufemismo “incompatibilidad de caracteres” (éste es el mi gallo) y, por supuesto, el incómodo adulterio que, desde mi perspectiva cínica puede estar involucrado en un gran porcentaje de las causales anteriores. Supongo que es menos penoso utilizar conceptos un poco más neutros y menos expuestos. A menos, claro, que quieras exponer a la vil casquivana o al pérfido rabo verde. Para los que aún no deciden el causal más conveniente o descriptivo pueden optar por otros motivos también contemplados en los registros civiles: bigamia; alumbramiento ilegítimo; propuesta de prostitución; incitación a la violencia; corrupción y maltrato a hijos; enfermedad crónica o sin cura; impotencia incurable (atentas, señoras, sí es una causa formal); enajenación mental permanente; presunción de muerte; acusación calumniosa; negativa por cambio de residencia de uno de los conyuges; haber cometido delito infamante; tener hábito de juego, embriaguez o drogas o cometer acto delictivo contra el conyuge. Elija usted el concepto de cierre.
El amor postmoderno se define por su carga de soledad, la continua sensación de vacío e insatisfacción completa en nuestras relaciones. Nuestro doble discurso sobre la fidelidad, también nuestro aferramiento al esquema monogámico-dogmático, parece entorpecer el progreso de una representación más sensata acerca de las relaciones amorosas formales. Una de las parejas de amigos que más respeto es una donde su propio concepto de fidelidad se basa en el respeto de los tratos que ellos mismos formularon en la sobrecama. Sé que algunas personas (bastantes) se escandalizan por los márgenes de su libertad y los alcances de sus reglas peculiares, pero es de las pocas relaciones amorosas estables y asertivas que conozco. Hasta donde estoy informado no han quebrantado el trato: ninguno fornica por su lado: deben estar ambos presentes. Amistad erótica o complicidad amorosa, así define su relación Octavio Paz en La doble llama.
Más allá de la vana poligamia machista o la focalización hedonista de los swingers, una de las alternativas de moda a la hipócrita o autoengañada monogamia del matrimonio tradicional la proponen los poliamores. ¿La consigna? Ser feliz porque nuestra pareja ama a otra persona, superar la exigencia y egoísmo de pretender que una persona podrá satisfacer todas tus necesidades, estar de acuerdo en que encuentras distintas cosas a través de personas diferentes. La posición de los poliamores exige un positivo manejo de los celos, verdadera comunión de los afectos, una comunicación franca de las necesidades de la pareja, pero también busca, por supuesto, superar un patrón de amor occidental interiorizado durante cientos de años.
Recientemente apareció en La Jornada un artículo que desarrolla la perspectiva de los poliamores. Incluye resultados preliminares de una encuesta realizada por el Instituto Mexicano de Sexología aplicada a parejas mexicanas no mayores de 40 años: 66 por ciento de los hombres y 27 de las mujeres han sido infieles, lo que parece apoyar la tesis de la depresión monógama. Para uno de los seguidores de esta postura, "Esto del poliamor es como ser padre de familia: cuando nace tu primer hijo lo cuidas y amas desmedidamente. ¿Qué pasa cuando nace el segundo? No dejas de amar al primero, al contrario, empiezas a amarlo también. Ese es el mejor ejemplo de la capacidad de amar que tenemos los seres humanos."
Siempre he pensado, aún sobre el escepticismo de mis amigos, que mi mejor relación de pareja será precisamente una trireja, la demanda ambiciosa de coincidir emocionalmente con dos personas y que estas dos se amen también entre sí. Una cama más amplia, una vida menos aburrida. Lo más cercano hasta ahora es convertirme en amigo cercano de mi pasado amoroso. Después de compartirnos, degustarnos, vaciarnos, ahora nos une el compadrazgo, la confidencia, la mirada de complicidad de la catadura. Si nos hemos probado, si mezclamos fluidos como vínculos de sangre, si nos confesamos en la sobrecama, no comprendo por qué esa confianza no puede extenderse después del aparente término del vínculo formal amoroso.
Pero soy en realidad un practicante convencido de la monogamia consecutiva. Una a la vez, hasta que se agote cada historia. Dejé ya de torturarme con las posibilidades del nunca te dejaré y el para siempre. Me parece una aberración una promesa a largo plazo que a todas luces es una promesa miope. Comienza a parecerme una falta de respeto el prometer sobre mis emociones. Acostumbrado a las pérdidas y a los nuevos arribos, parece más sensato conjugar sólo en presente. La intensidad amorosa estirada hacia el futuro se diluye en agobio y desolaciones: me dedico al instante, tal vez como vana estrategia para que esta relación actual se extienda lo más posible.